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El naufragio previo

«It was my Advantage in one respect, that I did not know what they meant by Founder»

Robinson Crusoe

 

Todo el mundo conoce la historia: un hombre que naufraga en una isla desierta en medio del Pacífico debe arreglárselas para sobrevivir en la más absoluta soledad. Desde su publicación en 1719, la historia de Robinson Crusoe ha sido objeto de las más variadas interpretaciones, desde aquellas que -como Joyce- lo convierten en el prototipo del colonialismo inglés, hasta las que ven en su protagonista el claro reflejo de la desventurada y agitada vida de Defoe e, incluso, las que consideran la obra un alegato en defensa de las cualidades morales de la redención cristiana. Pero por encima de todas estas visiones, el libro es sobre todo una cosa: la historia de un naufragio, el más famoso de toda la literatura. 

   La novela, narrada en primera persona al modo de una autobiografía, comienza con el relato de los orígenes familiares de Robinson. Tercer hijo de un comerciante afincado en York que gozaba de una posición desahogada aunque nada ostentosa, parece predestinado a una vida sencilla y cómoda, sin privaciones ni grandes riesgos. Pero esta idea no lo seduce en absoluto: poco aficionado a los estudios e incapaz de obtener un oficio u ocupación, desde muy joven su mente se fue poblando de proyectos y divagaciones (rambling thoughts) que al final cristalizaron en un único y persistente deseo: hacerse marinero. Su anhelo contravenía directamente el deseo de su padre, un hombre sosegado y de pasiones moderadas, que esperaba que su hijo estudiara leyes y llevara una vida serena, ajena a todo tipo de tribulaciones y excesos. La distancia irreconciliable entre su deseo y el de su padre se sitúa en el inicio de sus desventuras. 

   Preocupado por el rumbo que puede tomar la vida de Robinson, una mañana su padre decidió hablar seriamente con él para convencerlo de abandonar la loca idea de volverse marinero: le insistió en que no tenía ningún sentido lanzarse a recorrer el mundo pues en «su casa paterna y su patria» no le faltarían relaciones y tendría la posibilidad de «adquirir una fortuna con constancia y laboriosidad y llevar una vida desahogada y tranquila»; argumentó que la idea de buscar aventuras sólo era digna de dos tipos de personas, los buscavidas o las personas de alta condición que querían probar su valor a través de la fama y que, en ambos casos, esas dos opciones estaban o muy por encima o muy por debajo de él; le hizo ver que su posición ideal en la vida consistía en alcanzar «un término medio», situación que describió como «el grado superior de la vida modesta» (the upper Station of Low life); además, le aseguró que no tendría necesidad de ganarse el sustento pues «él proveería gustoso» de lo que necesitara hasta que lograra alcanzar la posición que le prometía; finalmente, le recordó el ejemplo de su hermano mayor quien hizo caso omiso de «los mismos argumentos» que en ese momento le esgrimía y, preso de «su fogocidad juvenil», se escapó de la casa paterna para participar en las guerras de Flandes, donde finalmente halló la muerte en una batalla contra el ejército español. Llegado a este punto, su padre rompió en llanto y le fue imposible seguir hablando. Robinson escuchó conmovido sus palabras, especialmente sus lamentos, y aunque en un primer momento resolvió «abandonar para siempre la idea de partir» con el objetivo de establecerse en la ciudad «según los deseos de su padre», un par de días después su propósito ya se había desvanecido. Sería marinero a toda costa.

   Algo lo impulsaba a salir de Inglaterra e ir en contra de las comodidades que su posición le aseguraba, algo que a lo largo de la novela él mismo se siente incapaz de nombrar (a veces le llama «destino» o «providencia»; otras veces «fatalidad», «mala suerte» e «influencia malvada») pero que, no duda ni un momento, terminará por meterlo en problemas. Defoe no dice nada más de ese ciego impulso que llevará a Robinson a hacerse a la mar, lejos de su patria, donde una extraña fatalidad lo arrojará hacia esa isla desierta de la que tardará en salir más de veintiocho años, como si sólo una gran desgracia personal materializada en el naufragio pudiera poner fin al anhelo incesante que lo animaba. Lo más singular es que, a pesar de que Robinson se describe a sí mismo como siendo empujado por algo que no alcanza a comprender, en realidad no es un hombre de grandes pasiones y tampoco parece enloquecido por una sola idea. Se reconforta a sí mismo diciendo que, sencillamente, «soy de los que siempre eligen mal». Aunque toda la novela gira alrededor del naufragio y la forma en que Robinson afronta su desdichada situación, aunque parece que desde el inicio todo apunta hacia la isla desierta, como si la idea de naufragar estuviera poseída de un magnetismo irresistible, y aunque algunos de los mejores momentos de la narración transcurren ahí -el descubrimiento de la huella, la pericia por sobrevivir, el contacto con los caníbales y el encuentro con Viernes-, no deja de ser intrigante aquello que lo impulsó a actuar desde el primer momento más allá de lo que su propia razón le indicaba.

   Para alguien que había alcanzado la mayoría de edad sin haber aprendido nada, que no tenía oficio ni ocupación, ni interés alguno por los estudios y, además, desde pequeño gustaba de divagar mentalmente, la seguridad que le ofrecía su padre parecía ser su mejor opción: después de todo, lo único que tenía que hacer era seguir mansamente la inercia de su posición social. Pero Robinson se rebeló ante esta idea…aunque él mismo no comprendía del todo por qué. El mar lo atrae, como a Ishmael en Mody Dick, pero ¿a qué se debía esa atracción? Las primeras páginas de la novela nos hacen sospechar que algo en su entorno familiar, del que apenas nos informa superficialmente, tenía el poder de arrojarlo lejos de su patria. 

   Cuando al inicio del relato y casi por casualidad comenta que tenía dos hermanos mayores, la narración, aparentemente, se detiene en un detalle irrelevante y meramente circunstancial. Su hermano mayor, que tiempo atrás había desobedecido a su padre, murió en la guerra de Flandes; del segundo, sólo acierta a decirnos: «de lo que fue de mi segundo hermano nunca supe más de lo que mi padre y mi madre supieron que había sido de mi». No sabemos más de este segundo hermano, ni su nombre, ni su ocupación, ni el motivo de su desaparición, como si después de todo, hubiera sido «nadie». Es curioso que cuando presenta a sus hermanos, se establezca entre ellos y Robinson una extraña identificación: con respecto al primero, su padre dice haberle dirigido «los mismos argumentos» que a Robinson, como si al hacerlo hablara con la misma persona; sobre su segundo hermano, él mismo traza el paralelismo en tanto ambos finalmente «desaparecieron», fueron «nadie».

   Aquel que ha de naufragar casi irremediablemente en una isla desierta en medio del pacífico es el único hijo sobreviviente de una familia que había perdido ya a dos de sus miembros, uno en la guerra y el otro en condiciones desconocidas. La promesa que le hacen sus padres de una feliz vida promedio probablemente se debía a su miedo a tener que lidiar con una pérdida más en la familia. Quedarse en Inglaterra, en la isla donde viven sus padres, donde están «su casa y su patria», implicaba plegarse a los deseos y expectativas del padre -y de la madre-, ser el consuelo de quienes habían sufrido dos grandes pérdidas y ya sólo esperaban de la vida paz y tranquilidad. Quizá por eso decide huir. Robinson huye de esta escena, de tener que ocupar el lugar que han dejado sus hermanos, de ser el hijo que queda (con todo lo que ello implica), de ser el último, el sobreviviente de un naufragio familiar que no tiene fin y del que sospechosamente nada nos cuenta, un extraño naufragio que no ocurre en el mar, sino dentro de una isla, Inglaterra, y que no tiene tintes de drama o tragedia, sino la apariencia inocua de la vida  burguesa. Robinson renunció a ser la tabla de salvación de sus padres porque él también era, a su modo, un náufrago: sin oficio ni beneficio, sin conocimientos ni habilidades, había llegado a la mayoría de edad prácticamente sin haber aprendido «nada». La idea de hacerse a la mar debió parecer a este joven de mente inquieta absolutamente irresistible. Quería cambiar la tierra firme -tan estática como esa aparente paz familiar-, por los vaivenes del mar, sus aventuras y turbulencias. Quería abandonar ese naufragio oculto en el que estaba obligado a desempeñar siempre el mismo papel para que todo se mantuviera igual. Como escribe Juan Villoro, en estas circunstancias, el infierno era quedarse quieto. Robinson, náufrago de sí mismo, quería sobrevivirse, sobrevivir a un tedioso naufragio familiar cuidadosamente rodeado de placidez, mediocridad y conformismo.

   Defoe nos plantea una especie muy peculiar de naufragio: el que acontece en tierra firme, en donde no hay un barco hecho pedazos contra las rocas, enseres flotando a la deriva, ni restos de una antigua tripulación. Es un naufragio oculto, silencioso, casi imperceptible. Si al salir a flote después de la tormenta, Robinson ve dos zapatos sin par flotando en la orilla, y esa imagen condensa en la novela el abatimiento existencial del naufragio, ¿Cuáles serían los restos de ese naufragio familiar del que está escapando? ¿qué ha quedado de ese naufragio inmemorial en el que estaba sumida toda su familia? Para descubrirlo hay que buscar esas huellas a lo largo de la novela, buscarlas en sus omisiones, sus ausencias, en la forma en que narra sus aventuras, en los gestos más nimios dentro de la isla desierta. Algunos signos de ese naufragio -por ejemplo, sus hermanos- han salido tímidamente a la superficie, pero quizá otros restos aún continúen flotando a la deriva dentro del libro. Encontrar las huellas de ese primer naufragio sería tan asombroso como ver por primera vez una huella humana sobre la arena en una isla desierta

   Robinson Crusoe es la novela del naufragio previo al naufragio, del desastre no narrado que, como escribió Blanchot, «lo arruina todo dejando todo como estaba». Si el tema del naufragio convirtió a la novela inmediatamente en un clásico, el naufragio previo al naufragio la coloca de manera inesperada en la parte más profunda del alma humana y con ello la hace, si cabe, aún más universal. Virginia Woolf consideraba tan perfecta la ejecución del relato de Robinson Crusoe que le parecía ser una producción anónima del género humano y no la creación de una mente particular, algo así como el relato del diluvio universal o la expulsión del jardín del Edén. Una historia que, por hablar de todos, parece no haber sido escrita por nadie, haber estado desde siempre ahí. ¿Y si, después de todo, el naufragio es algo que siempre ha estado ahí, en el fondo de nuestras vidas? ¿Habría algo más universal que sobrevivir a los avatares más ocultos de la existencia? ¿Acaso hay algo más humano que estrellarnos con el destino y naufragar porque, inconscientemente, estamos huyendo de un naufragio previo, oculto en los pliegues de nuestra memoria, y que marca fuertemente nuestra vida? Si hay algo de Robinson en nosotros no es el carácter arrojado y aventurero, o la fantasía de imaginarnos cómo reconstruiríamos la civilización desde cero si nos quedáramos atrapados en una isla desierta: es el hecho de que nuestra vida, como la suya, está acechada por naufragios silenciosos, terribles e inmóviles, inmemoriales, desconocidos, naufragios en tierra firme que sin embargo irradian sobre toda nuestra vida su poderoso influjo y, en muchas ocasiones, nos convierten en una isla desierta. 

   A veces los restos de nuestros naufragios se encuentran encerrados en una tristeza crónica e incomprensible, a veces una palabra que viene desde el pasado tiene la fuerza de hacernos arder como un infierno; a veces es un recuerdo aislado, una mirada, un sueño recurrente, una pesadilla, un miedo irracional, una angustia creciente, un desasosiego, un ritual que repetimos sin pensar; a veces una simple coincidencia desvela una dimensión de nuestra existencia en la que se esconden las tormentas prehistóricas de nuestra vida. Defoe tiene razón, los zapatos que no hacen juego son la prueba perfecta de un naufragio: algo que alguna vez nos ayudó a caminar y que ahora, si lo usáramos, nos lo impediría.

   Para reconstruir las huellas de su naufragio, Robinson vuelve a su pasado y escribe, casi desde el principio, la historia de su vida; sin embargo, son las omisiones en el relato, las cosas dichas a medias, las insinuaciones sofocadas, las reiteraciones discretas, las conductas «inexplicables» las que encierran la clave del desastre, del naufragio previo al naufragio. Toda persona alguna vez en la vida ha naufragado, pero la lección de Robinson es que el lugar de nuestro naufragio, donde sentimos que estamos a punto de irnos a pique, puede que no sea ahí donde nosotros creemos… el desastre puede haber comenzado mucho antes y en otro lugar…puede estar ahí donde nos sentimos más seguros, ahí donde pisamos tierra firme, ahí donde todo está a punto de comenzar y de acabarse. Nos corresponde a cada uno de nosotros descubrirlo.

2022-04-07 | 11:32:24am - Autor: Sergio Rodia